(Palabra de Paul – cap. 9-10) traducción de Celia Filipetto

Imagen de Ilaria Bochicchio

 

En contacto con el mito

 

Somos como las olas del mar, no hay dos iguales. Sin embargo, pertenecemos a la misma agua.

Jacques Mayol, El hombre delfín

La pasión de Lorenzo por la inmersión estaba ligada a un nombre: Jacques Mayol. No recuerdo la primeva vez que Fiorella le habló de él. Busco en los compartimentos de la memoria y no consigo encontrar el momento del primer encuentro.

En cierta manera para mí él siempre existió. Tal vez mi madre mencionara su nombre en la playa, cuando yo era muy pequeño y vi a un hombre desaparecer bajo el agua. Para ella era simplemente «Jacques», lo recordaba como a un amigo, a pesar de haber hablado con él esporádicamente. Lo conoció personalmente; hace unos años, en la isla de Elba era imposible no cruzarse con él.

Para Jacques, igual que para mí, la de Elba era una isla mágica, la eligió tras haber conocido los mares del mundo entero. Buscaba el mejor lugar para sumergirse lo más posible bajo la superficie del mar. En la isla de Elba, muy cerca de la mina de Calamita, encontró el lugar adecuado, el equipo ideal, el clima perfecto. No solo para los récords. Le pidió a Laurent, su padre arquitecto, que le diseñara la casa de sus sueños. Allí, en la playa de Pareti, invirtió las ganancias de toda su vida. A aquella casa le puso un nombre: Glaucos, como el pescador de la mitología griega que, tras comer unas hierbas, podía vivir debajo del agua sin necesidad de respirar. Se encuentra en lo alto de un acantilado de 200 metros, tiene techos altos, vigas al descubierto y un amplio ventanal desde el cual se ve la isla de Montecristo a la izquierda, y cerca del horizonte, a la derecha, la de Córcega. Jacques veía pasar a sus delfines desde la terraza. Se lo conocía como «el hombre delfín», apodo que él mismo se puso. El encuentro con Clown, una hembra de delfín encerrada en el Seaquarium de Miami, fue como un enamoramiento, «una chispa que saltó con la primera mirada», según escribió, y ahora que estoy en el otro bando, lo comprendo aún mejor. Jacques entendía el lenguaje de los delfines como nadie y se lo había apropiado hasta el punto de llegar a confundirse con ellos y, tal vez, a confundirse a sí mismo.

En el mar, bajo de su villa, descendió metro tras metro, récord tras récord, durante diez temporadas. Llegó a los 105 metros en apnea cuando tenía 56 años. Hasta para mí, todavía hoy, se trata de una profundidad misteriosa. Allí la oscuridad es absoluta, estás solo y todos los sentidos, menos el de la vista, se agudizan al máximo. En las profundidades el organismo del hombre, corazón, pulmones, cerebro, circulación, se transforma y se asemeja al de los delfines. De ellos aprendió Jacques las técnicas de la apnea.

Se preparaba para superar sus marcas sirviéndose del yoga y la meditación. Los aprendió con grandes maestros en la India, en un ashram y en un templo zen de Japón, durante los largos meses en los que vivió como un asceta. Dedicó su vida a superar los límites y para demostrar que estos solo existen en nuestro interior. Por eso para Lorenzo era un mito.

Cuando Fiorella estaba embarazada de mí, Jacques le contó que desde hacía unos años se practicaba el parto en el agua, le aconsejó que hiciera nacer así a su niño. Aunque ella no pudo conseguirlo, ese era precisamente mi destino. Yo también tuve la suerte de conocer al hombre delfín y de estrecharle la mano. Una sola vez, por desgracia. Tenía once años y en la plaza celebraban una entrega de premios. Me había enterado y quería verlo de cerca. Lo había visto tantas veces en las películas de sus inmersiones que me lo imaginaba siempre con traje de submarinista ceñido al cuerpo como la piel de un delfín. El Jacques que conocí cara a cara vestía normalmente, pantalón corto, camiseta desgastada y sandalias de goma y, además, no parecía sentirse muy cómodo entre la gente, se movía mirando a su alrededor como un desarraigado. Según me contaron, se fiaba mucho de los delfines pero muy poco de las personas, especialmente de los hombres. Respondía a los saludos masculinos de forma brusca, y con gran amabilidad a los de las mujeres hermosas, de cualquier edad, las observaba como queriendo raptarlas con los ojos.

Me acerqué a él con mi madre para que me lo presentara. Después de darle a ella un caluroso abrazo, me miró a los ojos y me saludó. No pude articular palabra, ni siquiera mi nombre. Entonces le dijo a mi madre: «No habrá nacido en el agua como te hubiera gustado, pero da la impresión de ser uno de esos niños que llevan el mar dentro». Y dirigiéndose a mí, añadió: «No te eches a perder cuando crezcas, por favor».

Y entonces su mirada se perdió un instante en el vacío, como la de un delfín a punto de caer en la red, cuando se da cuenta de que ya es tarde para escapar. Me estrechó la mano, primero con fuerza y decisión, luego como con desgana. Regresó entonces a la realidad, me miró otra vez a los ojos, y me dijo: «Tú que tienes la suerte de haber nacido en esta isla, no la abandones nunca. Una vida entera no alcanza para descubrir sus secretos».

[…]

Dos meses después de aquel encuentro, Marina, la señora que limpiaba en casa de Jacques, metió un día la llave en la cerradura, abrió la puerta y se lo encontró delante, colgado de una viga, con la respiración contenida para siempre. Había cruzado la frontera de lo desconocido o lo desconocido lo había asfixiado. Tal vez quiso que el mar no presenciara su fin, y por eso, para marcharse eligió la casa de sus sueños.

Faltaban unos días para Navidad. Para mi madre y para mí fue la más triste. El pueblo entero se sumió en el silencio, el aire del invierno ilvense se notaba enrarecido y solitario, más frío que de costumbre. En los pocos locales abiertos, entre susurros no se hablaba más que de Jacques, todos se preguntaban por qué y nadie sabía responderse, la pena y el luto impregnaban las paredes. Yo también le pregunté muchas veces a mi madre por qué; formulé las preguntas de distintas maneras: «¿Qué mal le han hecho? ¿Qué pensarán ahora sus amigos los delfines? ¿Dónde está ahora?». Me respondía con un hilo de voz y un abrazo: «Yo tampoco lo sé, Lorenzo».

[…]

Sentía curiosidad por los secretos que se ocultan bajo la superficie del mar, la suficiente para superar el miedo. Aprendí muy pronto a nadar bajo el agua. Me gustaba penetrar en aquel ambiente sin ningún peso, ni siquiera el de los pensamientos. Quería eliminar el ruido y las palabras. En el agua me sentía auténticamente libre, incluso de la necesidad de respirar. Por eso esperaba ansiosamente la ocasión de poder apuntarme al curso de inmersión en apnea.

Tal como lo había decidido, lo hice el día en que cumplí catorce años. Es el regalo más hermoso que me ha dejado la memoria de Lorenzo. Hasta entonces nunca había pisado las instalaciones del centro subacuático de Pareti. No imaginaba que albergaran tantos tesoros. En el salón hay una pared entera cubierta de fotos de Jacques, en blanco y negro, en color, fuera del agua y en las profundidades del mar, en distintas posturas de yoga, con Clown, el delfín hembra, posando solo o con su equipo de submarinistas, saliendo del agua con los carteles de los récords. Cientos de imágenes sin orden cronológico hablan de entrenamientos, preparación, exploraciones: el Mayol cincuentón al alcanzar los sesenta, los setenta, los ochenta, los noventa metros de profundidad, y el último, el de los ciento cinco metros. Aquellas imágenes me recordaron otra pared enorme cubierta de fotos que había visto y querido muchos años antes, cuando mi padre seguía en Italia. Pero esa es otra historia. Debajo de las fotos de Mayol, no muy lejos de la pared, están los cartelitos, los auténticos, esos que Jacques tocó a unas cuantas millas de allí, en las diez inmersiones con las que conquistó sus marcas para demostrar al mundo hasta dónde había llegado. Al lado de los cartelitos hay un equipo de acero, parecido a un montacargas, el mismo que aparece en algunas fotos y en su película, una especie de ascensor subacuático que aceleraba el descenso a las profundidades. Yo seguía sus pasos. Con el fin de prepararme para la inmersiones, pasaba a diario por aquel museo no señalado por cartel alguno. Era un sagrario secreto que me daba fuerzas y me unía a él.

El curso de apnea seguía el recorrido marcado por Jacques: nada de botellas, nada de respiradores, solo aletas, máscara y la potencia del cuerpo humano. Los secretos no estaban en el agua, sino en el fondo de nuestra respiración y nuestra mente. Clase tras clase aprendí que en la superficie, antes de descender, podía y debía vaciarme de pensamientos. Descubrí que podía controlar y retardar la respiración y los latidos del corazón.

[…]

Años más tarde, Alfredo el Corsario, creador y guardián del museo secreto, me enseñó una foto que atesoraba en un cajón, la última de Jacques rodeado de un grupo de submarinistas. Su mirada era idéntica a la que yo le vi cuando era niño y que todavía hoy conservo dentro de mí. Jacques miraba más allá del tiempo. En las manos, bien visible, sostenía una cuerda, la misma que días más tarde utilizaría para salir volando del mundo de los hombres.

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