Bajo el signo del mundial de fútbol
Quien me viera hoy no lo diría, pero he sido niño, muchacho, hombre de carne y hueso, con un solo corazón, la cabeza bien separada del estómago, dos brazos, dos piernas, ojos negros, pelo rizado y rebelde. Estaba seguro de llegar a mayor como todo el mundo, incluso a viejo, pero mi vida de hombre se interrumpió poco antes de los veinte años. Me llamaba Lorenzo.
Desde que dejo que los recuerdos fluyan sin obstáculos tanto en mi mente como en el agua, mis dos vidas se cruzan y se unen como los afluentes del mismo río. Soy Lorenzo y ya no soy él. Llevo en esta piel, en estos corazones y en la memoria toda la experiencia que viví con su forma humana. Pero el presente, mi vida como pulpo dentro de esta pequeña pecera, ya no me permite ser él. ¿Qué significa «mis brazos, mis pies, mi cabeza» si el cuerpo de hoy ya no es el mismo que el del pasado? ¿Qué quiere decir «mi corazón», si no sé en cuál de los tres que tengo se encuentra la esencia de Lorenzo? Ya no queda en mí rastros de un solo hueso, no sé qué es la rigidez, esa dificultad del cuerpo y del alma para doblarse y adaptarse a las situaciones, y que antes poseía. Aun así, esos recuerdos me pertenecen. Medía un metro ochenta y cinco, desde hacía pocos años tenía una voz de barítono a la que me había acostumbrado, mi adolescencia se había dividido, adaptado, equilibrado entre la pasión por el mar y los libros. Tenía pocos amigos, en general no me duraban mucho. Lo que transformó mi vida, también entonces, fue el fútbol: un placer infantil e intenso, al principio reprimido, que volvió a aparecer a los quince años por una extraña serie de circunstancias. En las últimas semanas de mi etapa humana, antes de la fatal caída, viví una aceleración inesperada: el éxito deportivo, una popularidad de pequeño héroe local, el amor imprevisto y desmesurado (¿y qué amor no lo es?) por una mujer fascinante y misteriosa que aparecía y desaparecía como por arte de magia.
Aprendí a aceptar mis súbitos cambios de humor, forman parte del juego de la vida. Me parecía que tenía el futuro en mis manos grandes y seguras pues ya me sentía hombre, capaz de tomar decisiones importantes, como la de prepararme para el futuro, buscar trabajo, incluso una habitación propia, pero siempre en mi isla. Estaba decidido a no salir de ella, y así respetar un pacto, una promesa secreta que le había hecho a mi bisabuelo hacía muchos años.
La misma historia de mi nacimiento, si se repasa bien hoy, contenía el germen de mis dos destinos: el de hombre y el de pulpo. Cuando nací con mi forma de Lorenzo, sé con certeza lo que hacían unos cuantos millones de personas: estaban sentadas, en todos los rincones del mundo, pegadas a los televisores. En aquellos días, como ocurre cada cuatro años, una banda sonora le ordenaba al mundo que abandonara cualquier otra actividad y se sentara a ver el partido. En 1990 esa banda sonora decía así: «Noches mágicas, siguiendo un gol bajo el cielo de un verano italiano». La noche del 3 de julio, cuando emití mis primeros vagidos, se jugaba la semifinal del campeonato del mundo de fútbol. En Italia.
Aquella noche, en la isla de Elba no todos siguieron la transmisión desde Nápoles del partido Italia-Argentina. Entre las ausencias justificadas estaban la de mi madre, mi padre y la matrona. Incluso el médico, según me contaron, se ausentó unos minutos, cuando se lanzaron los penales, en el mismo momento en que se produjo el parto. Gioia, la matrona, era una amiga de la familia que no sabía nada de fútbol ni quería saber; de joven había asistido al nacimiento de mi madre y conmigo pasaba a la segunda generación. Mi padre no soportaba los hospitales ni la vista de una gota de sangre por pequeña que fuera, pero se había empeñado de todos modos en estar en la sala de partos, una moda, casi una obligación. Probablemente mi madre, el curso de preparación para el parto y el sentido del deber se encargaron de convencerlo. No podía imaginar que su pequeño Lorenzo, su primero y único hijo, iba a elegir para venir al mundo no solo el día y la hora de la semifinal del campeonato mundial, con Italia en el terreno de juego, sino los minutos cruciales para pasar a la final.
En cierta ocasión mi madre me dijo que le hubiera gustado que yo naciera en el agua; se trataba de una forma experimental de parto, pero las islas nunca han estado a la vanguardia en estas cosas. Para que Lorenzo naciera en el agua, ella habría tenido que desplazarse a Poggibonsi, demasiado lejos de casa. Mi padre prefería que yo fuera un ilvense con denominación de origen y, en el fondo, mi madre también: ¿por qué tener un hijo en tierra firme, cuando podía nacer en la isla más hermosa del mundo? O quizá mi padre se había dado cuenta de la peligrosa coincidencia del feliz acontecimiento con el otro, que no podía perderse bajo ningún concepto, el del campeonato mundial de fútbol. Temía que estando lejos de casa no pudiera asistir a su rito personal de los partidos. «Tu padre —me contó en cierta ocasión Gioia con una ironía un tanto mordaz— estaba convencido de que su equipo ganaría únicamente si él veía los partidos sentado en el sillón de siempre, en casa de sus padres.»
Hay mucha gente que cree poder influir en los resultados de los partidos. Para ellos todo depende de dónde y con quién se sientan a verlos. Ahora que soy un experto, puedo garantizar que no hay un solo gesto, una sola posición, un solo grupo de amigos, todos en su sitio comiendo siempre lo mismo, que pueda influir en el resultado, ni siquiera en cantidades infinitesimales. Son ondas mucho más delicadas, refinadas y profundas las que marcan los destinos de las trayectorias de los lanzamientos y de la suerte de los futbolistas, de los equipos y de los pueblos de forofos que sufren y disfrutan con ellos. Palabra de Paul.
Esa noche de julio el pequeño Lorenzo que era yo eligió el peor momento para nacer, o al menos esa es la tesis de Gioia, la matrona, cuyo nombre casaba mal con la cara y el humor de fondo. Cuando me la cruzaba en la calle o venía a visitar a mi madre, desde que era pequeñito me decía siempre con aire de compasión: «Aquí está el niño que se equivocó de hora», y esta idea se me quedó grabada durante años. Yo era el que había errado el momento de nacer y, tal vez, incluso el de vivir.
En muchos aspectos mis padres son polos opuestos: Fiorella, mi madre, tiene un carácter variable y lunático, con inclinación hacia lo romántico-trágico y es muy sensible a la new age, aunque se enfada con quienes la llama así. Le encantan la casa, las luces tenues (sobre todo cuando hace de guía en la mina), los libros, los cuentos y las leyendas, sobre todo las de nuestra isla. Escucha a todos con atención, habla solamente cuando está segura de que los demás la atienden con la misma atención.
Marcello, mi padre, por lo poco que lo he conocido, cultivó un espíritu nómada y una tendencia inagotable al cambio. Tiene especial predilección por entablar amistad enseguida y hablar con todo el mundo, como si conociera a la gente de toda la vida. Le encanta pasar el mayor tiempo posible al aire libre. Y por eso, el deporte siempre guió su vida.
Por lo que alcancé a comprender a través de las frases inconclusas que arranqué a mi madre, en los primeros años, el suyo debió de ser un gran amor. Pero entre ellos hubo muchas y muy grandes diferencias de sensibilidad, de caracteres e intereses. Si mi nacimiento podía ser el hilo capaz de mantenerlos unidos, el momento que elegí, aquel 3 de julio tan infausto incluso para la selección italiana, no ayudó nada. Tal vez por eso, como hombre y como pulpo, nunca he podido tragar a Maradona, que aquella noche salió del campo victorioso.
Mi padre vivió con nosotros dos años en la isla de Elba, después se fue a Roma por trabajo. De sus peleas, en vivo o por teléfono, sigo oyendo el eco que resonaba en los oídos de Lorenzo cuando era niño. Cuenta la leyenda casera (Gioia es como siempre la fuente principal) que un día mi padre mandó directamente a nuestra casa al abogado Marchetti, que además presidía la sociedad de fútbol del pueblo, con los papeles de la separación para que mi madre los firmara. Lo tomas o lo dejas. Gioia, orgullosa de una de las pocas ocurrencias acertadas de su vida, contaba que «Fiorella cobró, porque el precio pagado por Marcello era suficiente para vivir sin problemas y esos problemas de menos eran suficientes para vivir sin él».
El pequeño Lorenzo tenía dos años y medio. Empezó a hablar muy tarde, quizá para pronunciar bien todas las palabras sin errores: la primera que decidió decir, muchos meses después de «mamá» y «papá» fue «piedra». De ahí en adelante, su vida breve fue un alternancia entre el miedo a equivocarse y la búsqueda de la perfección. Hasta la última, increíble, grandiosa y perfecta escena.
En nuestra web ya se han publicado algunos avances de la novela Palabra de Paul:
Palabra de Paul: Parezco, luego existo (primer capítulo)
En contacto con el mito (cap. 9-10)
Palabra de Paul: un capítulo sobre David Villa





