En la novela de Luciano Minerva, el pulpo Paul llega a ser vidente gracias a su capacidad de convertirse en el otro y vivir sus mismas experiencias pasadas y futuras. Paul, que antes de ser pulpo era un muchacho, proviene de una familia de mineros de la isla de Elba y se encuentra en el acuario de otra zona minera, la del Ruhr. De modo que siente una especial empatía por David Villa, «el minero del gol». A él está dedicado el capítulo que adelantamos.
Después de tantos años en los que el mundo me ha dado muchas experiencias, cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones, se lo debo al fútbol. Albert Camus, en France Football, 1957
David, el minero del gol
Era de madrugada cuando viví su historia como si fuera mía. Una historia de emancipación, de rescate, de un padre que lucha por sus sueños. El balón en el centro de todo. Nuevas metas que alcanzar sin volver nunca la vista atrás, entrenamientos sin descanso. Ahora tengo la sensación de que dentro de poco me tocará vivir una alegría como jamás he sentido. Todo es posible si persigues el sueño de tu vida, si le dedicas todas las energías sin temer el cansancio, si mantienes siempre los pies firmes sobre la tierra. Y debajo las raíces.
A través de sus ojos, lo primero que vi en la oscuridad de la noche fue una mina. Una profundidad inmensa, diez veces más grande que la de Ginevro, donde mamá lleva a los turistas. (Por cierto, ¿habrá seguido trabajando de guía? Había organizado su vida entera alrededor de la de Lorenzo. ¿Cómo vivirá ahora que él ya no está? Estas preguntas se forman en mi mente, como si yo conservara aún forma humana. Las ahuyento en cuanto aparecen, porque no encuentro respuesta a esta ni al otro centenar que se agolpa dentro de mí.)
La mina se me apareció en sueños, cerca de un pueblo de casas bajas, pequeñas y pobres, parecidas a las que había aquí, en los alrededores de Oberhausen. Se llega a ella a través de esos agujeros profundos en la tierra por los que el abuelo bajaba todos los días. Los pozos llegan a los 900 metros de profundidad: laberintos de galerías excavadas a lo largo de los siglos, una oscuridad absoluta desde donde subir a diario hasta la superficie decenas de toneladas de carbón. Por una noche yo fui aquel muchacho menudo, de mente inquieta y chispeante, que teme, rechaza y quiere evitar a toda costa terminar en la mina. Su padre es minero, como su abuelo y sus tíos. Un destino que se repite generación tras generación. Es una suerte tener trabajo, aunque sea peligroso y esté mal pagado. El miedo al desempleo, más grande que el temor a la oscuridad y al peligro, conseguía que pasaran a segundo plano incluso las tragedias que se cobraron la vida de los amigos más queridos. A mí no me pasará, se dice siempre. La mina ha dado y ha quitado a todos en este pueblecito asturiano, tan pequeño que las calles no tienen nombre porque no hace falta; el cartero, que pasa una vez por semana, sabe dónde viven todos los habitantes, los conoce a todos.
Aquí, en Tuilla, solo se puede vivir de la mina, como en cientos de pueblecitos con calles sin nombre levantados cerca de los pozos del mundo entero. Pueblos de tonos grises y negros, no importa el continente donde estén situados, porque el tiempo se ocupa de borrar los demás colores. El polvo negro se respira bajo tierra y tiñe los pulmones hasta apagarlos. Las calles también son negras, el polvo sube a la superficie todos los días, se pega en las caras, las manos, la piel, la ropa, los zapatos. Todos los mineros abrigan siempre la esperanza de que sus hijos no terminen trabajado en la mina, hasta que llega lo inevitable y, en cuanto tienen edad suficiente, los hijos acaban bajando a la mina.
Quizá al pequeño David también le habría tocado en suerte utilizar esos ascensores, y subir y bajar todos los días salvo los lunes, si los tiempos no hubieran cambiado y abierto otra salida, si la pelota no hubiera existido y no le hubiera regalado la luz del día, si su padre no hubiese creído en él.
Mel, su padre, encontró en la oscuridad de la mina un segundo hogar, todas las mañanas de su vida estuvieron marcadas por el descenso al fondo del pozo, por el ruido ensordecedor del aire comprimido, por el chirrido de los carritos al desplazarse sobre las vías, por el estruendo de los explosivos que, con el tiempo, amortigua y atenúa todos los demás sonidos, hasta que ya dejó de oírlos. Le gusta el fútbol desde que tiene memoria (igual que a mi padre), es un ferviente seguidor del Oviedo, el equipo de la ciudad más próxima. Aquí todos son seguidores del Oviedo. Dedica el día de descanso a hablar de fútbol con los amigos, a ver una y otra vez por televisión las películas de su equipo. De joven, el padre era un buen delantero, pero no como para vivir de eso. Después tuvo que bajar a la mina, antes de saber cuánto valía en el terreno de juego. «Mi hijo lo conseguirá», pensó al ver la habilidad de su pequeño con el balón.
«Lo conseguiré», pensó también David, que no quería saber nada de la mina. Su sueño era disfrutar de la luz del sol, de la hierba de los campos de fútbol, de la velocidad de la carrera, de las filigranas en el regate, de los sonidos y los colores del estadio, de la afición, de los cantos y las banderas. Soñaba con adivinar el ángulo exacto de la portería donde colocar la pelota, con desgañitarse gritando «¡goooool!» cuando la pelota se cuela en la red, con fundirse en un abrazo con sus compañeros.
«Es muy bajito», le dijeron a Mel de su hijo cuando el chico tenía diez años. Se lo dijeron justamente los del Oviedo, y él se lo tomó a mal, su equipo del alma lo traicionaba. No se dio por vencido: un niño delgadito que se lleva el nombre de David no le teme a ningún gigante. Mel dedicó todos sus lunes libres a enseñarle a los demás el tesoro que se ocultaba en su hijo hasta que alguien del Real Sporting de Gijón vio el campeón que había en él y comprendió que había que cultivar sus cualidades. El chico no tardó en llegar a campeón y alcanzar el milagro a fuerza de goles. Lo apodaron el Guaje, el niño. Se libró de la mina y, gracias a sus primeros ingresos, logró cortar la cadena que, desde hacía veintisiete años, mantenía atado a Mel, su padre.
En el sueño de aquella noche yo era David Villa. Abandonaba al fin la guarida de mi portería y descubría el placer del entendimiento instintivo con mis compañeros, la euforia de la velocidad, el gusto de sorprenderme a mí mismo y a los demás en lugar de esperar y prever sus movimientos, el instinto de atacar en lugar de defenderme. Jugaba en las canchas de tierra del pueblo, cerca de la mina, pasaba de un estadio a otro, cada vez más grande e importante, primero en España, luego en Europa, hasta llegar a esos otros, fabulosos, increíbles y fantásticos del campeonato mundial de fútbol. La camiseta roja de la selección española, con el número 7 y mi nombre en la espalda, era mi segunda piel. Me la ganaba con esfuerzo y no iba a perderla fácilmente.
En mi sueño, en el Mundial de África, marcaba cinco goles. En dos partidos llevaba al equipo de la mano hasta la final, con un solo gol, el mío. La Copa no se nos podía escapar. Por una noche yo, pequeño pulpo ex portero de los récords, dejaba de ser «el pulpo» para ser «el minero del gol». Así llaman a David sus seguidores desde que dejó de ser «el niño». Saben, porque él lo repite con frecuencia, que la valentía del minero que ha heredado lo sostiene en todas partes, le da fuerza, lo ayuda a ver en la oscuridad, a superar todos los obstáculos y las dificultades.
Casi al amanecer, antes de que entraran las visitas, incluso antes de que Greta me diera los buenos días, desde mi ventana al mundo vi otras cosas. Vi y oí que el David que fui solo por una noche y que en Ciudad del Cabo se disponía a jugar la final contra Holanda iba a tocar, besar, levantar hacia el cielo junto con sus compañeros la Copa del mundo que su España nunca había conseguido.
Ya no tuve dudas sobre el resultado de la final. Me limité a esperar, con insólita expectación, que en mi pecera volviera a aparecer la cubeta con la bandera española. Iba a señalarla sin dudar y me iba a zampar la ostra sin esperar siquiera la mirada de aprobación de Greta.
Tras elegir a España y no a Alemania, durante unos días pasaron delante de mi pecera muchas caras largas y ojos hinchados, probablemente de turistas alemanes. Algunos me hacían muecas y me decían unas palabras que no entendía pero que, con toda seguridad, no eran cumplidos. Ni que hubiese sido yo, y no los equipos en el terreno de juego, el que decidió la marcha y le resultado de los partidos del campeonato del mundo. Es como culpar a los sismólogos cuando se produce un terremoto. Palabra de Paul.






